Escrito por Sergio Robles
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Actualizado:
Este modelo ya no se vende. Lo dejamos publicado porque el análisis sigue sirviendo si lo tienes en casa o te lo encuentras de segunda mano, pero ya no se puede comprar nuevo. Hoy su sitio lo ocupa la Beurer EM 32, que analizamos aparte.

ABFLEX

Ya no vas a encontrarlo a la venta. Aquí queda lo que hacía bien y en qué fijarte ahora en su lugar.

Puntuación total
8,4
Potencia
8,2
Funcionalidad
8,3
Accesorios
8,6

Ofertas

Aspectos Positivos

  • Sin almohadillas adhesivas

  • Rápido de colocar

  • Incluye funda

Aspectos Negativos

  • Si se reajusta, se apaga

  • Cambiar de programa reinicia el temporizador

  • Funciona a pilas

Información adicional

Programas10
Niveles de intensidad99
Zonas que cubreAbdomen con extensión lateral
Fuente de alimentación2 Pilas AAA

Resumen

El ABFLEX de un vistazo

Cinturón de abdomen sin complicaciones: cuatro electrodos, diez programas temporizados, noventa y nueve niveles de intensidad y ningún parche adhesivo que reponer. Se manejaba desde un mando con cable, cómodo de usar y demasiado grande para el bolsillo que traía la propia banda. Hoy no está a la venta: su listado desapareció y la referencia no ha vuelto, así que lo que queda aquí es el retrato de lo que era.

Nuestra valoración: 8,4

Análisis detallado

Empiezo por el dato que cambia la lectura de todo lo demás: este cinturón ya no se encuentra. Su ficha en la tienda dejó de existir, no hay unidades nuevas circulando y la referencia no se ha repuesto, así que estas líneas valen como memoria de un aparato y, sobre todo, como lista de las cosas que deciden si un cinturón de este tipo se usa o se queda en el cajón. La nota es la que tenía cuando estaba disponible y se conserva tal cual.

ABFLEX, cinturón abdominal de electroestimulación con su mando, el gel conductor y la caja

El ABFLEX era un cinturón de abdomen de los que se ponen y se cierran sin ceremonia. Llevaba cuatro electrodos, dos centrales y dos laterales, diez programas con temporizador y una escala de noventa y nueve niveles de intensidad. Se alimentaba con dos pilas AAA y no se gobernaba desde la banda, sino desde un mando unido por cable. No incluía accesorios para brazos ni para piernas: lo suyo era el abdomen y nada más.

El mando aparte tenía su gracia y su problema

Regular la intensidad desde un mando que se sostiene en la mano, sin buscar a ciegas unos botones pegados a la cintura, resulta más cómodo de lo que parece, y era una de las cosas que mejor resolvía. El inconveniente venía del tamaño: el mando no era pequeño y el bolsillo lateral que traía la banda para llevarlo encima se le quedaba corto. Ese mismo desajuste se repite en media categoría y no es casualidad, porque casi todos los fabricantes diseñan primero la electrónica y después el sitio donde meterla.

Noventa y nueve niveles, que en la práctica eran bastantes menos

Era la cifra que más lucía en su caja y la que menos significaba. Como en todos los cinturones de este tipo, los primeros escalones no dan señal alguna, así que quien lo encendía en un número bajo llegaba a la conclusión de que le había tocado una unidad defectuosa. El rango en el que ocurre algo empieza bien arriba, y desde ahí hasta el punto en que la contracción resulta molesta hay mucho menos recorrido del que sugieren noventa y nueve posiciones. Un aparato con veinte niveles reales y bien repartidos sería más útil que este número de escaparate, que es publicidad tanto aquí como en el resto de fichas de la categoría.

Sin parches de gel, pero tampoco transpiraba

Del lado bueno, no dependía de parches adhesivos: no había nada que reponer ni pegatinas que se despegaran a media sesión, y esa es la diferencia de coste más grande entre unos cinturones y otros a lo largo de un año. Del lado malo, el tejido no ventilaba. Sobre el sofá daba igual, pero en cuanto había actividad de por medio se convertía en una banda caliente alrededor de la cintura, y ahí perdía claramente frente a los cinturones ligeros de tela fina que sí se dejan llevar mientras uno se mueve.

El temporizador volvía a cero

Tenía un comportamiento que conviene conocer porque decide bastante más que cualquier programa: si la banda se desplazaba y había que recolocarla, el aparato se apagaba, y al volver a encenderlo el programa arrancaba desde el principio en lugar de retomar donde iba. Con un cinturón que se mueve cuando uno se mueve, eso convertía cualquier sesión larga en una sucesión de reinicios. Los modelos que llevan pausa y bloqueo de teclas resuelven exactamente ese problema, y es una de las diferencias que separan un cinturón que se acaba usando de otro que cansa a la tercera semana.

Qué mirar hoy en un cinturón de este tipo

Con el ABFLEX fuera del mercado, su sitio lo ocupan los cinturones que resuelven mejor las mismas cuatro cuestiones. La primera es el contacto: los que se humedecen con agua, como el Beurer EM 32, no arrastran ningún consumible, mientras que los de parches de gel obligan a reponerlos de forma continua. La segunda es dónde vive el control, porque integrado en la banda se maneja mejor que en un mando que hay que guardar en alguna parte. La tercera es si el aparato pausa o reinicia. Y la cuarta es la de siempre: un cinturón de estos contrae el músculo que tiene debajo y no interviene en la capa que lo cubre, de modo que el aspecto del abdomen no depende de él. Eso valía para el ABFLEX y vale para cualquiera que ocupe su lugar.

Qué versión era esta y cómo se distingue

El nombre ABFLEX se ha usado para más de un cinturón abdominal de aspecto parecido, así que por sí solo no identifica nada. El que se analiza aquí era el de cuatro electrodos repartidos en dos centrales y dos laterales, diez programas temporizados, escala de noventa y nueve niveles, alimentación con dos pilas AAA y mando con cable alojado en un bolsillo lateral. Los que llevan la electrónica metida en la propia banda, batería recargable o electrodos de gel adhesivo son otro aparato distinto aunque compartan la palabra en el título, y se comportan de otra manera en las cuatro cosas que se acaban de enumerar.

8,4

Nuestra Valoración final

Su virtud era la sencillez: se colocaba en un momento, se regulaba sin mirar y no obligaba a comprar nada más después de la caja. Dentro de una categoría llena de aparatos incómodos de abrochar y dependientes de consumibles, eso le valió en su día la nota que conserva.

Sus dos límites concretos eran el bolsillo del mando y el temporizador que volvía a empezar; el límite de fondo era el mismo que el del resto, porque un cinturón de electroestimulación provoca contracciones en el músculo y no hace nada con lo que hay por encima. El producto salió del mercado y aquí queda constancia de lo que ofrecía.

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